En la Colombia de hoy, parece que para tener una opinión política, como libre ejercicio de la democracia, hay que elegir un bando y odiar al otro. El debate público ha mutado en una especie de «guerra de trincheras» digital donde la primera baja es la honestidad intelectual. Ya no asistimos a una confrontación de ideas sobre el modelo de país, sino a un intercambio de ataques viscerales donde tanto defensores del gobierno como sus opositores más férreos utilizan la verborrea y la descalificación personal como sus herramientas principales.
Política y desinformación general
El problema radica en que la política se ha vuelto una cuestión de fe y no de hechos. Cuando se idolatra a un líder, cualquier crítica es vista como traición; cuando se le odia, cualquier avance es tildado de conspiración. Esta carga emocional es el caldo de cultivo perfecto para la desinformación. Las fake news no solo engañan, sino que radicalizan: si una mentira refuerza mis prejuicios, la acepto como verdad sagrada. El video editado de TikTok o el mensaje anónimo de WhatsApp se convierten en «evidencia» incuestionable, simplemente porque alimentan nuestras pasiones.
Acusación por manipulación
Es irónico ver cómo ambos bandos se acusan de ser manipulados, sin notar que están usando el mismo manual de injurias y calumnias. La velocidad del «compartir» ha reemplazado la pausa de la verificación y la pereza intelectual nos ha hecho delegar nuestra capacidad de análisis a los algoritmos.
Creemos lo que queremos creer, ignorando que la realidad es mucho más compleja que un meme o un titular escandaloso diseñado para generar indignación.
Si queremos avanzar como sociedad, el primer paso es recuperar la decencia en el lenguaje y la capacidad de dudar de nuestras propias pasiones.
Colombia no necesita más soldados digitales listos para el insulto; necesita ciudadanos con la valentía suficiente para verificar la fuente, contrastar los datos y exigir que la verdad importe más que el «clic».
La democracia requiere ciudadanos críticos que piensen por sí mismos, no fanáticos enfurecidos por el brillo de una pantalla.
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