Hace tres décadas, la música era un ejercicio de paciencia. Grabar las canciones de la radio en casetes, bajo la figura de la copia privada: un permiso legal para uso personal, convertía cada cinta en un tesoro. Años después, la aparición de plataformas como Ares desató la era de la piratería digital masiva, vulnerando los derechos de autor y forzando una reconfiguración agresiva de la industria que cambió para siempre la forma de «consumir» música.
Metáforas y letra básica
Sin embargo, el paso del casete al algoritmo no solo transformó el modelo de negocio, sino la esencia misma del mensaje.
En el pasado, géneros como el rock y las baladas construían sus letras sobre metáforas complejas y producciones ricas en músicos de sesión; hoy, la tecnología de recomendación premia lo que es fácil de procesar. Se ha transitado de una lírica que exigía interpretación a las letras básicas de géneros como el reggaetón y la música popular, diseñadas estratégicamente para no ser «saltadas» antes de los 30 segundos.
Virtuosismo vs recaudo masivo
Esta simplificación es una respuesta técnica al entorno digital. El uso del Auto-Tune y los moldes rítmicos genéricos aseguran la retención del oyente, sacrificando la altura creativa y el virtuosismo instrumental en favor del recaudo masivo. En este ecosistema, plataformas como Spotify priorizan el volumen sobre la excelencia, mientras el Derecho cumple su función de proteger la obra por su originalidad sin distinguir méritos artísticos; una neutralidad jurídica que el mercado aprovecha para priorizar la rentabilidad de lo inmediato.
Bajo esta lógica, el éxito ya no reside en la profundidad de la letra, sino en su capacidad para generar regalías automáticas a través de una estética de lo superficial. Esta tendencia se traslada a los videos musicales, donde la narrativa visual se centra rígidamente en la exhibición de estatus, el lujo y el «yo tengo», sustituyendo la sustancia por la apariencia.
Hoy se cuenta, por fin, con una biblioteca musical infinita al alcance de un clic. En el camino se pasó del ritual de esperar horas frente a la radio para capturar un tesoro en casete, a la inmediatez de un algoritmo que arroja miles de letras básicas diseñadas, estratégicamente, para el olvido.
Analogo a digital… ¿Calidad por simplicidad?
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