Selección Colombia y MacondoFotos: macondas.com & @n3lsonsandoval

¿Qué tienen en común la Selección Colombia, Cien años de soledad y un ejemplar de la Constitución Política? A simple vista, son los pilares de nuestra identidad; sin embargo, en el mundo de los negocios, cada uno habita un universo jurídico distinto. Mientras esperamos nuestra séptima participación mundialista, declamamos los versos de Gabo o estudiamos en nuestros colegios y facultades de derecho la Constitución, olvidamos que existe una frontera invisible donde el sentimiento nacional choca con la propiedad privada. Para entender este límite, no hay mejor lugar que la esquina de cualquier ciudad colombiana.

En cualquier esquina de nuestras ciudades vemos vendedores ofreciendo ejemplares de la Constitución Política. Muchos transeúntes pasan de largo pensando que se trata de una «edición pirata» por no tener el sello de una editorial reconocida, pero la realidad jurídica es otra: la Constitución no tiene dueño.

Imprimir la Constitución es legal porque su contenido es de libre acceso para el pueblo. Los textos de las normas, sentencias y actos oficiales no tienen protección de derecho de autor para garantizar el acceso a la justicia. Bajo esta lógica, «las leyes son de libre reproducción para asegurar que nadie alegue ignorancia de la ley», tal como lo sugiere el principio de publicidad del Derecho. Al ser un documento oficial del Estado, la ley se encuentra excluida del régimen de exclusividad; cualquier ciudadano puede imprimirla, empastarla y ponerla en el mercado legalmente. El vendedor del semáforo no está «pirateando», está ejerciendo la explotación comercial de una norma que nos pertenece a todos.

Esta lógica nos lleva a una conclusión reveladora: imprimir la Constitución es como confeccionar una camiseta tricolor que nos representa a todos. Todos podemos «hacerla» y venderla usando los colores de la bandera, pues los símbolos patrios y los colores nacionales son de dominio público. Sin embargo, el panorama cambia drásticamente cuando cruzamos la línea hacia la propiedad privada y los derechos exclusivos.

En este punto, dejamos de hablar de lo que es común para entrar en el terreno de la explotación comercial restringida. Debemos entender que la combinación específica de colores y formas de una camiseta deportiva puede ser considerada una «obra aplicada» o una marca de diseño. Si fabricamos la camiseta de la Selección Colombia con los logos oficiales de la Federación (FCF) y las tres rayas de Adidas para comercializarlas, estamos entrando en terreno prohibido.

Aquí ya no hablamos solo de colores, sino del diseño específico de la indumentaria (el trade dress), que es el conjunto de elementos visuales que permiten al consumidor identificar un producto original. Mientras que puedes coser una camiseta con estos logos para tu uso estrictamente personal y privado sin infringir la ley, el acto de ofrecerla al público o ponerla en circulación en el mercado requiere el permiso explícito de los titulares de las marcas.

Lo mismo ocurre con la literatura. Si imprimimos Cien años de soledad para vender ejemplares, estamos vulnerando la Propiedad Intelectual. Aunque sintamos que el universo de Macondo es parte de nuestra identidad, legalmente la obra de Gabriel García Márquez tiene derechos exclusivos de explotación.

A diferencia de la Constitución, este libro no es de libre uso para el comercio. Es importante saber que el derecho de autor sobre la obra de García Márquez durará 80 años después de su muerte (ocurrida en 2014), por lo que el universo de Macondo solo será de dominio público y libre de explotación en el año 2094. Comercializar esta obra hoy es como fabricar la camiseta con logos oficiales: el contenido de la obra literaria pertenece a un titular privado que exige regalías, así como ocurre con la marca y diseño de la prenda. El derecho de autor no te impide disfrutar de la lectura, pero sí te impide convertirte en su editor y lucrar con su puesta en el mercado sin una licencia previa; así mismo funciona la propiedad industrial en el derecho de marcas.

Entonces, ¿cómo podrías vender una camiseta «de la Selección» legalmente? Hazlo como el vendedor del semáforo con la Constitución: usa lo que es de libre disposición. Utiliza el amarillo, azul y rojo (símbolos patrios), pero diseña un escudo propio y evita el trade dress o los logos registrados que identifican al fabricante y a la Federación. De igual forma, la única vía para vender legalmente ejemplares de Cien años de soledad es negociar una licencia con la Agencia Balcells y pagar las regalías correspondientes. Mientras la Constitución camina libre por la calle para que nadie ignore sus derechos, una obra literaria como Cien años de soledad y una marca registrada como Adidas solo pueden explotarse bajo contrato para su uso comercial.

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